Juan Rusinek pone el acento en producciones no tradicionales que, combinadas con agricultura y ganadería, ayudan a la rentabilidad y la conservación del medio ambiente
Cuando el ingeniero industrial Juan Rusinek decidió dedicarse al campo, tuvo
que pasar primero por un largo proceso de capacitación y de búsqueda de
alternativas que aseguraran la rentabilidad de su nueva apuesta. Su experiencia
en la industria y sus años trabajando en el extranjero le dieron dos lecciones
respecto del negocio: la clave era buscar la máxima ganancia por unidad
productiva, y lograr tener éxito más allá de una coyuntura de precios
favorables.
Así, en la Estancia La Santa María, su campo de 1300
hectáreas en Entre Ríos, Rusinek decidió hacer algo más que el clásico mix
agroganadero, y buscó otras actividades que no sólo minimizaran el riesgo, sino
que se complementaran adecuadamente con agricultura y cría de vacas.
La
respuesta la encontró en actividades como apicultura, helicicultura y cultivo de
colza, actividades poco comunes en la zona. En un sistema de producción
integrada, Rusinek hace agricultura, rotando cereales y pasturas, un mix que le
ayuda a preservar el suelo y a la vez sirve de alimento para el ganado que tiene
en el mismo campo.
Por otro lado, las colmenas hacen su propio aporte al
equilibrio del sistema, ya que las abejas polinizan las flores y las huertas
destinadas a la alimentación del ganado y a los recintos de los caracoles,
aumentando el rendimiento de esas actividades.
Finalmente, el círculo se
cierra con la colza, que sirve de alimento a los caracoles y adelanta la
actividad de las abejas, ya que florece más temprano que otros cultivos.
Equilibrio y rentabilidad
"Cuando comencé a trabajar el
campo mantuve la premisa de lograr la mayor rentabilidad posible, de modo que
así decidí combinar múltiples tipos de producciones", dijo Rusinek, y puso
números sobre la mesa para reafirmar su teoría: "Por cada hectárea, la cría
bovina deja 30 dólares; la soja, 300, y los caracoles, 3000. Entonces, "¿por qué
no combinarlos?", agregó.
En la pata agrícola del negocio, Rusinek
produce cereales y oleaginosas tradicionales, como trigo, girasol, maíz y soja,
de los que produce en total 3500 toneladas por año, utilizando siembra directa
para lograr una mejor conservación de las propiedades del suelo. En el caso
puntual del maíz, los granos son utilizados para alimentar al ganado. "Además,
para cuidar el suelo, rotamos los cultivos con pasturas ganaderas que, durante
el ciclo de engorde, fertilizan la tierra".
A esta parte, la más
tradicional de su campo, el productor sumó hace tres años un cultivo atípico: la
colza, a la que llegó porque se la recomendaron como alimento para caracoles,
sembrando el primer año unas 20 hectáreas. "Luego descubrí una gran ventaja:
como cultivo de invierno es mejor que el trigo, ya que tiene un costo de
implantación mucho menor (300 pesos por hectárea, frente a los 600 pesos del
trigo), y el punto de equilibrio se ubica en los 600 kilos por hectárea".
Además de que la colza florece temprano, por lo que indirectamente
produce un aumento en la producción de miel, Rusinek cree que ésta es mejor que
el trigo para combinar con la soja, "ya que se cosecha en noviembre, por lo que
no se superpone con la soja de diciembre". Para esta campaña, Rusinek sembrará
unas 600 hectáreas, no sólo para alimentar caracoles, sino con el objetivo de
proveer a la empresa Cargill, que exporta la oleaginosa para la producción de
aceites de bajo contenido graso.
Además, el productor usa la colza para
alimentar al ganado, "porque el aporte de materia seca que hace es equivalente
al del maíz". En el futuro piensa también producir biodiesel a partir de esta
oleaginosa, para autoabastecerse y minimizar el impacto de las recurrentes
crisis energéticas que afectan al país y a los productores.
En cuanto al
rubro ganadero, Estancia la Santa María actualmente tiene 1200 cabezas de
Aberdeen Angus, alimentados en la propiedad a base de pasto y maíz de cosecha
propia. La carne extraída de estos animales se vende en la zona, a través de
supermercados Carrefour.
Luego, "buscando un ciclo económico de
externalidad positiva", el productor se inició en la apicultura, una actividad
que además aumenta los rendimientos de la huerta y de los caracoles.
"La
apicultura nos permite no sólo tener un buen complemento con la helicicultura,
sino que duplica la rentabilidad por hectárea ganadera, porque trabajando
ganadería con pastoreo intensivo en pradera de alfalfa, trébol blanco y rojo,
colocamos 2 colmenas por hectárea". Así, en vez de obtener una ganancia de 60
dólares por cada unidad, que es lo que da la invernada sola, Rusinek obtiene 180
dólares.
La Santa María tiene actualmente unas 1000 colmenas en proceso
de multiplicación, cada una de las cuales produce 20 kilos de miel. Por el
momento la miel se vende en tambores, pero actualmente el productor estudia
alternativas para vender la producción fraccionada.
Una actividad
novedosa
"Nuestra actividad más nueva es la cría de caracoles",
contó el productor. En este campo, estos animales nacen, se alimentan y
reproducen en una huerta orgánica, y reciben un suplemento de sales minerales,
que fortalece su caparazón sin alterar el sabor de su carne.
La especie
elegida para la cría fue la Helix aspersa, "la mejor por su rusticidad y
resistencia para la cría en cautiverio".
Los caracoles se crían de forma
extensiva en una superficie abierta de 10 hectáreas.
Este modelo es un
factor determinante para el éxito de la actividad, ya que estos animales se
desarrollan mucho mejor en condiciones naturales.
El modelo utilizado
por la estancia cuenta con un sistema antifuga, con protección del criadero de
la intrusión de depredadores y con compartimientos divididos para los distintos
momentos de su ciclo de vida.
Además, en los recintos de los caracoles
hay un sistema de riego a microaspersión que asegura la cantidad de agua
necesaria para una correcta gestión del criadero.
A la alimentación de
los animales se agregan girasol, repollo, acelga, zapallo, cultivados en la
misma estancia, "a los que se añaden porcentajes de carbonato de calcio natural
para ayudarles en la elaboración del caparazón", comentó Rusinek.
La
producción total alcanza un volumen de 30 toneladas de caracoles, que se venden
vivos y refrigerados a España.
Capacitación y certificación
Para este ingeniero industrial devenido en productor, la clave para
incursionar en el campo fue sumar capacitación y certificación. "Soy profesor de
Producción en la Universidad de Buenos Aires (UBA), y siempre me interesó el
campo. Luego de recibirme hice un MBA (Master en Business Administration) en
EE.UU. y, cuando pasé al campo, hice un posgrado de agronegocios", contó.
Para Rusinek, uno de los secretos del funcionamiento exitoso de su
establecimiento es la gente que lo acompaña: "Trato de rodearme de jóvenes para
trabajar, porque siempre están al tanto de lo nuevo y se abren mucho a los
nuevos conocimientos".
En cuanto a la certificación, la estancia Santa
María se convirtió en la quinta empresa agropecuaria argentina en certificar ISO
9000-2001, y la primera productora de caracoles en hacerlo. "A veces se cree que
la certificación sólo sirve si se exporta, pero es una cuestión que va mucho más
allá. Todo funciona mejor si se trabaja en buenas condiciones de higiene y si se
respetan las normas".
Sea colza o caracoles, lo importante para este
productor es siempre estar actualizado sobre las nuevas opciones. "Todas las
producciones fueron alternativas en algún momento. La soja lo fue hace 15 años,
el trigo cuando se producían ovejas. Hay que estar atento porque las opciones
productivas son infinitas y siempre pueden encerrar buenas oportunidades de
negocio para los productores".
Además, la diversificación de actividades
tiene una virtud única a los ojos de Rusinek: con ella, "el riesgo cae
enormemente. En este momento, las posibilidades de quedar varados son pocas, ya
que si una actividad no camina, siempre tenemos el margen que nos reporta alguna
actividad complementaria".
Por Mercedes Colombres
De la Redacción
de LA NACION


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